Por: Erik Oz / Consultor Estratégico de Marketing y Comunicación Musical | Ayuda a artistas, sellos y medios a construir identidades rentables y a prueba de algoritmos | Docente (UB/UdG) | Autor y Divulgador. (España)
- Si dejas que un tercero decida cómo te ve el mundo estás cometiendo un error inasumible de estrategia empresarial.
Hubo un tiempo en que la relación entre un artista y un medio era un ecosistema justo y necesario entre ambas partes. El músico necesitaba la portada de la revista para vender discos y llenar salas, y la crónica del concierto para vender más entradas de la siguiente fecha. La revista necesitaba el carisma del músico para vender más números en el quiosco. Un pacto tácito de retroalimentación. Los fotógrafos se paseaban por el backstage, capturaban el sudor, la imperfección, el éxtasis y la decadencia, y así se construía la mitología del rock y del pop.

Rosalía – Gira LUX
Ese pacto está completamente roto. El caso del veto de Rosalía a los reporteros gráficos está siendo la comidilla de la semana; incluso lo quieren llevar a los tribunales, pero solo es el síntoma de cómo se consume un concierto de esta magnitud en 2026. Tras su veto a los fotoperiodistas en la gira LUX. Los medios y las asociaciones de prensa se han revuelto contra la decisión de cerrar el foso y obligar a las redacciones a ilustrar sus crónicas únicamente con fotografías distribuidas por el equipo de la artista. Para muchos, censura intolerable. Para la otros, ejercicio legítimo de control de marca. A mi lo que me ha sorprendido es que esto vuelva a acaparar más titulares.
Ambos tienen parte de razón. Y eso es exactamente el problema.
La agonía del foso y el respeto al oficio
Vaya por delante el respeto máximo a los reporteros gráficos. El fotoperiodismo musical está siendo triturado, y no solo por los artistas. El ecosistema de los directos se ha llenado de intrusismo: hoy cualquiera con una cámara, un pase y algo de cara se autodenomina fotógrafo, devaluando el trabajo, la técnica, la paciencia y la mirada del profesional real.
El fotoperiodista que lleva años comiendo polvo en festivales no va a sacar una foto buena para Instagram. Va a capturar la verdad del momento. Va a documentar la historia cultural de una generación con una mirada crítica e independiente. Perder esa mirada nos condena a consumir únicamente propaganda visual filtrada por departamentos de marketing. La indignación de la prensa está absolutamente justificada.
Pero aquí viene el bofetón de realidad.
A las superestrellas ya no les interesa documentar la historia. Les interesa controlar el relato (y venderlo en forma de documental empaquetado).
A las estrellas modernas ya no les interesa documentar la historia. Les interesa controlar el relato. Y me apuesto ocho horas de sueño a que Rosalía tiene ahora mismo un equipo de rodaje propio siguiendo esta gira para un posterior documental en plataformas de streaming, donde venderá su verdad empaquetada, masterizada y sin ángulos no autorizados y con un relato diseñado al milímetro.

ROSALIA en Barcelona – Gira LUX
La relación asimétrica: te necesito, pero solo cuando a mí me conviene
El conflicto de los fotógrafos destapa una herida mucho más profunda. La relación entre el artista y la prensa se ha vuelto unilateral de una forma que roza lo ético.
Hoy el artista quiere la entrevista de portada cuando toca anunciar el disco. Quiere el retuit del periodista influyente cuando anuncia la gira. Espera la crítica favorable como si la prensa fuera una extensión gratuita de su departamento de PR (y muchos periodístas tienen la culpa se esto por confundir fanatismo con periodismo). Pero no hay entrevistas en profundidad sin pactar las preguntas. No hay acceso al backstage. Y ahora, no hay acceso visual al foso del directo.
Y los pocos fotógrafos que logran entrar se encuentran con contratos de cesión de derechos abusivos que les obligan a entregar la propiedad intelectual de sus imágenes gratis a la banda, tiempos de disparo de “solo las tres primeras canciones, desde la mesa de sonido, a 50 metros”, y la advertencia implícita de que si publican algo que no gusta, no vuelven a entrar.
El artista ha mercantilizado al periodista. Lo trata como un amplificador algorítmico al que se le suministra contenido prediseñado para que lo distribuya sin hacer ruido ni preguntas incómodas.
La macroeconomía del meme y el monopolio de la distribución
Rosalía no es una anécdota. Es la consolidación de una práctica empresarial que lleva años gestándose en las altas esferas del pop internacional. Beyoncé lleva casi una década vetando a los fotoperiodistas desde que en 2013 un portal publicara unas fotos poco favorecedoras de su actuación en la Super Bowl. Taylor Swift impone contratos férreos sobre la distribución de imágenes del Eras Tour.
¿Por qué ocurre esto ahora y no en los años 90? Por un cambio en el poder de distribución de contenido promocional.
Hace veinte años, el artista no tenía cómo llegar a un millón de personas si no era a través de las páginas de un periódico, la cadena de televisión generalista o una revista especializada. El medio era el cuarto poder. Hoy, los canales oficiales de Rosalía, Dua Lipa o The Weeknd tienen audiencias infinitamente mayores que las de El País, La Vanguardia o The New York Times juntos. El artista se ha convertido en su propio medio de comunicación. Y cuando dejas de necesitar al intermediario, el intermediario pierde todo su poder de negociación.
El artista de hoy tiene más audiencia que The New York Times. Se ha convertido en su propio conglomerado de medios. Y el intermediario ha perdido todo su poder.
En este nuevo paradigma, la imagen es un activo muy poderoso. Un mal ángulo, una iluminación deficiente o un gesto extraño capturado en una fracción de segundo no se queda en un archivo de papel. Se convierte en un meme global, se descontextualiza en TikTok y puede hundir el relato estético de un álbum que ha costado mucho producir. Si aceptamos que la identidad visual es el foso defensivo más importante que tiene un artista hoy en día, dejar que un tercero decida cómo te ve el mundo empieza a considerarse, desde la frialdad de los despachos de management, un error de estrategia.
LUX y el fin del concierto en directo
Para entender este cierre del foso, todos debemos aceptar primero algo incómodo: el producto que está intentando el fotógrafo cubrir, ha mutado. Siguen creyendo que asisten a un concierto de música en directo y para nada.
La gira LUX de Rosalía, al igual que los grandes espectáculos de sus contemporáneas, no es un concierto. Es una superproducción audiovisual pensada de forma nativa para el consumo en pantallas (verticales). El escenario ha dejado de ser una tarima para tocar canciones y se ha convertido en un set de rodaje hiper-coreografiado.
El artista ya no interactúa orgánicamente con el foso para que los fotógrafos capten su esencia. El artista actúa, mira y respira directamente para las lentes de su propio equipo de operadores, que se mueven por el escenario como bailarines. Permitir que reporteros externos con teleobjetivos disparen ráfagas desde ángulos no autorizados no forma parte del guión del show. Rompe la ilusión, destruye la corrección de color y resquebraja la cuarta pared que han construido con precisión milimétrica y presupuesto millonario.
El escenario ha dejado de ser una tarima para tocar canciones. Ahora es un set de rodaje hiper-coreografiado para consumo en pantallas.
La lección que nadie quiere escuchar
¿Es ético este comportamiento hacia una prensa que ayudó a construir a muchos de estos ídolos en sus inicios? Absolutamente no, pero el mundo en el que vivimos es sumamente injusto.
El hermetismo está matando el ecosistema periodístico que da contexto cultural a la música, y la falta de generosidad de la industria hacia los profesionales que durante décadas construyeron su mitología es una deuda que nadie parece tener intención de saldar.
Pero desde el punto de vista estratégico… es otra cosa.
Y aunque el artista emergente no tenga el poder de veto de una superestrella en una sala de 300 personas, la lección de fondo es la misma para todos: no puedes delegar tu imagen. En un mercado donde el algoritmo escupe 100.000 canciones al día, tu universo visual es tu último foso defensivo. Tú decides qué estética proyectas, cómo comunicas tus victorias y cómo quieres ser recordado.
El periodismo seguirá exigiendo acceso libre en nombre de la cultura y la verdad. Y tendrá razón.
Pero en la guerra por la atención contemporánea, quien controla la imagen controla el negocio. Y la industria ya ha decidido que no comparte las llaves de esa caja fuerte con nadie.
Ni con la prensa. Ni con los fotógrafos. Ni, si pueden evitarlo, con el propio público.

