Por: Sebastián Joel
Hoy se asiste a un escenario complejo. Desde hace un tiempo se pone en duda el trabajo del periodista y del productor en un contexto en el que cualquier ciudadano puede informar las 24 horas del día, desde cualquier rincón del mundo, a un clic de distancia. Se ha instalado la falsa premisa de que la tecnología democratizó el oficio al punto de volverlo obsoleto, promoviendo una suerte de “muerte a los intermediarios”.

Representación de editorial – IA
Sin embargo, los hechos recientes son una demostración flagrante de por qué para comunicar se estudia, se aprende y se practica. El ejercicio diario de la profesión es lo que otorga el conocimiento y la experiencia, aunque desde afuera parezca una tarea sencilla. Existe, muchas veces, un menosprecio hacia la labor informativa, una mirada de condescendencia frente a quienes dedican su vida a este oficio.
La práctica profesional tiene reglas claras: implica saber preguntar, saber investigar y saber chequear. Por sobre todas las cosas, exige conocer el peso específico que tiene cada palabra que se lanza al espacio público.
Hacer periodismo sin una redacción de periodistas detrás no es hacer periodismo; es jugar a la timba digital para ver quién le gana por mil vistas al canal de streaming de al lado. Es confundir la libertad de expresión con la irresponsabilidad civil. Cuando el único faro que guía una transmisión es la velocidad y el algoritmo, la primicia se vuelve una obsesión ciega: el imperativo es largar primero, a cómo dé lugar, sin evaluar si lo que se arroja a la pantalla destruye vidas o deforma la realidad.
El problema de fondo no es el formato, ni los nuevos soportes. No se trata de cuestionar a los nuevos actores sociales que se sientan enfrente de un micrófono. Lo que corresponde interpelar con urgencia es un modelo de negocio que tiene como base la comunicación masiva digital, pero que opera sin armar un proyecto serio, comprometido, responsable y profesional. Es el riesgo de entrelazar la información con el show puro, un formato donde ya no se busca la verdad, sino el impacto constante y el shock que retenga al usuario antes del próximo scroll.
Ante el vértigo de las redes y el ruido de fondo, queda claro que no todo es igual, ni todo da lo mismo. No todo vale. La profesión periodística y el rol del editor están más vigentes y necesarios que nunca, precisamente porque cuando el ecosistema se satura de información sin procesar, el rigor profesional se vuelve indispensable.

